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Cuando fuimos felices

Mientras que España se veía sumida en una crisis económica sin precedentes, unos locos bajitos se empeñaron en devolver la sonrisa a un país hastiado. Los rostros de los trabajadores en paro que hacían largas colas en las oficinas del SEPE se iluminaron por al menos una noche gracias a la volea de un futbolista más humano que cualquier otro. Nacido en Fuentealbilla, Albacete, Andrés Iniesta marcó el gol más decisivo de la historia de todo un país.

Pero empecemos por el principio. La selección española llegaba al torneo como uno de los conjuntos favoritos para llevarse el Mundial de Sudáfrica de 2010. Los españoles casi siempre partían con el apoyo de los expertos y aficionados; España es un país con largo recorrido futbolístico y el equipo nacional era una muestra de ello. Sin embargo, hasta 2008 España no logró abrir la lata de títulos. Fue con Luis Aragonés cuando un país entero comenzó a creer en un sueño.

La roja aterrizó en Sudáfrica para comenzar el que sería su trayecto más largo en un Mundial hasta la presente fecha. La cosa no comenzó bien: una dura derrota en el primer partido del campeonato contra Suiza dejó a los de Vicente del Bosque contra las cuerdas para lograr una clasificación. Nada más lejos de la realidad, el equipo comenzó a carburar y fue dejando atrás rivales hasta llegar al evento televisivo más seguido de la historia de España.

El 11 de julio de 2010 familias, amigos y aficionados se reunieron para ver el partido que cambiaría la suerte de todo un país. Atrás quedaban ya las desgracias de los anteriores y dolorosos Mundiales. Los locos bajitos ya se habían convertido en un emblema nacional. Y el partido comenzó. Un equipo de naranja contra otro de azul marino para ver quién pasaría al salón de la fama del fútbol mundial.

Holanda no era ni mucho menos una desconocida: Robben, Sneijder, Van Bommel o Van Persie eran algunos de los talentos que reunía una selección con los mismos títulos mundiales que España: ninguno.

Lo que destacó de todo el partido fue la suciedad del mismo. Las tarascadas volaban sin cesar. Un constante carrusel de patadas desfiló en prime time mientras los aficionados nerviosos hacían de árbitros y entrenadores. Ninguno hizo tan bien de santo como uno que se coronó esa misma noche. Iker Casillas decidió usar el pie para algo más que pegar al rival. Estiró la pierna para sacar una pelota imposible a Robben y mantener a España en el partido. Todavía hoy se cuenta que en aquel instante la boca de todos los aficionados españoles respiró con alivio al unísono.

El encargado de materializad toda una hazaña fue un tipo pálido de La Mancha. Iniesta fue el último de toda una cadena de casualidades que acabó con un gol demoledor en el minuto 116 de juego. Jesús Navas corrió, la perdió, pero el balón llegó a los pies de Iniesta que la acarició. El balón ahora lo tenía Fábregas que, sin saber muy bien cómo, se lo hizo llegar a Jesús Navas de nuevo que habilitó a Fernando Torres. Torres la envió a Iniesta, pero, casualidades del destino, el pase salió defectuoso. Llegó de nuevo a Fábregas que, esta vez sí, la puso perfecta para Iniesta y el resto ya es historia.

Los aficionados se olvidaron de los recortes que pocos meses atrás había tenido que hacer el Gobierno, de la subida del 2 por ciento del IVA efectuada diez días antes y en los amargos tragos que todavía quedaban por vivir. El país saltó, cantó y lloró cuando el colegiado indicó el final de los noventa minutos.

Con total seguridad, no es el mejor gol de la historia, ni siquiera el mejor gol en una final de Mundial, pero quizá se merecía inaugurar una sección.

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