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El fútbol que se fue

Desde hace algunas horas está en boca de todos el asunto de la nueva Superliga. Muchos califican a la irrupción de esta competición como “el fin del fútbol”. Sin embargo, otra corriente crítica se ha extendido por la red. Y es que muchos usuarios están dispuestos a luchar contra la Superliga Europea, pero también contra la UEFA, la FIFA, la RFEF o la Liga Santander con tal de que el fútbol de siempre, con el que soñaron y crecieron vuelva.

A nadie se le escapa el doble rasero de todas las asociaciones y federaciones que ahora se tiran de los pelos por el planteamiento de una competición paralela y sin intermediarios. No obstante, ellos fueron quienes decidieron cambiar el formato de la Supercopa de España y llevársela a Arabia. El mismo Tebas planteó organizar partidos en Miami y prolongó las jornadas de viernes a lunes. Es más, el presidente de La Liga llegó a justificar que un Clásico se jugara a las 13.00 cuando el interés era atraer las miradas del público extranjero.

El fútbol hace demasiado que dejó de ser de los aficionados; al menos el fútbol de élite. Ahora, multitudes claman al cielo porque un grupo de millonarios rebeldes se declaran en bancarrota. Pero nadie dijo nada cuando el precio de las entradas y abonos se volvió prohibitivo; cuando se echó a los jóvenes de los estadios y se les obligó a pagar un dineral para seguir el fútbol. Se aceptó porque daba dinero. Y de hecho lo dio.

El fútbol generó tanto dinero que los clubes no dudaron en fichar jugadores por más de cien millones de euros como si fuera la propina de un desayuno. Sueldos inasumibles que han acabado dejando a equipos en la absoluta ruina. Una quiebra técnica como la del Barcelona con el caso Messi. Pero sólo es la punta de un iceberg que ahora ha salido a la luz.

La UEFA no ha dudado en alabar al Bayern de Múnich y al PSG por no unirse a este estropicio de competición. Nos hemos vuelto irremediablemente locos. Los gigantes del norte de Europa acaparan dinero y jugadores dejando sin opciones de competir el campeonato liguero a ningún otro equipo, pero como no se han apuntado al carro de Florentino, toca felicitarles.

Al igual que toca felicitar a Catar por organizar el que será “el mejor Mundial de la historia”. Un país en el que las mujeres y las minorías no gozan de plenos derechos. Unos estadios construidos a base de accidentes laborales que han causado la muerte de cientos de trabajadores. Enhorabuena por el intento, pero la farsa se ha terminado.

La hipocresía de estos organismos es tal que pretenden hacernos ver a estos doce equipos como los que terminarán con el fútbol mientras que ellos lo han ido destruyendo pieza a pieza. Con mordidas, comisiones, sobresueldos y polémica, la FIFA y la UEFA han hecho las cosas demasiado mal como para que ahora nos creamos algo de su boca. Porque ya no se piensa en el fútbol como un juego, un deporte que es capaz de reunir a gente de todo tipo y condición bajo unos colores o un escudo, sino como en una máquina de generar billetes a costa de once tipos que dan patadas al esférico.

El de la foto del artículo es mi padre mientras veía cómo el Rayo Vallecano ascendía a Primera División. Eufóricos, los aficionados se agolpaban en el Estadio de Vallecas y en sus aledaños para ver cómo su equipo de toda la vida conseguía llegar a la división del fútbol profesional. Un fútbol que quizá se perdió en pos de la era de la digitalización, la hiperexposición mediática voluntaria, el big data o el VAR. Un juego que sigue siendo igual, pero quizá demasiado diferente.

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