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Érase una vez un jeque

Había una vez un jeque aburrido que un día se propuso ser dueño del fútbol. Para ello compró un equipo y gracias al respaldo del petróleo comenzó a ganar ligas en Francia. Pero el jeque se frustraba cada vez que su equipo artificial como un invernadero caía derrotado en Champions League. El hombre triste volvía a tratar de hacerse con el fútbol verano tras verano a golpe de talonario, pero ni con esas consiguió saciar su sed de triunfos.

Un año, el equipo del jeque estuvo a punto de pasar a la historia del fútbol continental. Pero ni con esas. Un monstruo alemán hizo pedazos los sueños de un niño enrabietado que quería más y más. Al año siguiente fue su antiguo vasallo quien le apeó del camino. El jeque descuidado no valoró el desempeño de su entrenador y le pateó como el que aparta un insignificante guijarro en su camino. Pero David venció y Goliat, de nuevo, se enfadó tanto como para fichar a los mejores jugadores de la época.

Llegó de nuevo junio y con él un mercado de fichajes. El adinerado jeque quiso hacerse, una vez más, dueño de todo lo que se vislumbraba desde lo alto de su torre de cristal en París. Fichó y fichó hasta que su equipo se convirtió en un elenco de estrellas sin espíritu. Los mejores jugadores del mundo vieron cómo el jeque les rodeó de fortuna y promesas de éxito.

Fue entonces cuando un joven futbolista quiso salir de la mansión dorada que el jeque había construido para él. El delantero no quería seguir jugando para el petróleo; sus sueños eran otros. Pero su contrato acababa al año siguiente por lo que el futbolista debía encontrar la manera de que sus sueños se hicieran realidad. Así pues, otro presidente le hizo una buena oferta al jeque para que dejara ir al joven jugador.

Pero el jeque, muy enfadado, desestimó airado la propuesta del presidente. ¡200 millones de euros no son dinero para quien quiere comprar el fútbol! Y el joven jugador vio cómo su sueño debía ser aplazado un año. Rechazó las propuestas del jeque. Todo el oro y el petróleo no sirvieron para nada porque el delantero se enfadó con el jeque. Y el jeque se enfadó con el mundo. Se intentó reír de todos aun cuando sus éxitos debían ser mirados con lupa.

El futuro sigue pintándose algo incierto, pero las intenciones de todos ya quedaron claras. El jeque ridiculizó al mundo del fútbol porque el fútbol se ha reído de él durante muchos años. Y si el fútbol es sabio, así seguirá siendo. El jeque volvió a su mansión de adulación y ensueño en la que espera cosechar un triunfo que quizá nunca llegue.

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