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Los mejores también pierden

De Pep Guardiola se ha hablado largo y tendido en los últimos días. Su derrota en la final de la Champions ha propiciado que las voces más críticas del fútbol desnuden su planteamiento estratégico. Al técnico catalán hay que saber valorarle en su justa medida, es decir, ni es el catedrático revolucionario y la mente más brillante de este deporte (porque se equivoca) ni es un fracasado. Los mejores también pierden, y el de Sampedor es uno de ellos.

Ni las tres Champions de Zidane reflejan su brillantez como técnico ni los diez años de Guardiola sin ganar la máxima competición europea simbolizan su fracaso. Guardiola y la Champions no se llevan demasiado bien, pero los éxitos, aunque muchos crean lo contrario, van más allá de ganar la Champions. Menos discutible, eso sí, es la inversión desorbitada en su proyecto del Manchester City. Un club que ficha sin mirar el precio a cualquier jugador está condenado a, como mínimo, ganar, que no es poco, y el pasado fin de semana Pep no lo hizo. Más allá de victorias de unos y derrotas de otros, es ridículo compararlos en cuanto a virtuosidad como técnicos.

Pep no volverá jamás a dirigir en España. Más que nada por el odio que se le tiene en este país. Un odio que bien se ha podido ganar a pulso. Sin embargo, ese odio o rabia no debe cegar a su figura como entrenador. Saber diferenciar entre persona física y profesional es crucial en la vida. El técnico catalán no tiene una imagen muy limpia fuera del ámbito profesional debido a sus ideales políticos tan controvertidos y eso, sin duda, ha emborronado su papel como entrenador. En la noche que Pep cayó derrotado en do Dragao solo se le recordaron sus fracasos desde que abandonó el FC Barcelona. Los encargados de ello son fáciles de etiquetar: sabes a que partido político votan y de que club son aficionados. Probablemente los mayores perdedores de la final no sean ingleses y sí catalanes. Y también es probable que la mayoría de vencedores aquella noche tampoco fuesen ingleses, sino mourinhistas.

En un mundo de vencedores y vencidos siempre habrá algún fracasado y un héroe. Del primero ya hemos hablado, y mención a parte merece el héroe. Thomas Tuchel, aquel entrenador que no fue capaz de ganar con Neymar y Mbappé y sí lo ha hecho con Werner y Havertz. Lo que tiene el fútbol. El año pasado fue el fracasado por perder con el PSG de los cracks mencionados y este año, llegando a Londres en Navidad y con un proyecto que no se hizo a su medida, no solo gana la Champions sino que también logra formar uno de los mejores bloques defensivos de Europa. Y bien lo saben Atlético y Real Madrid.

A veces ganar no es solo llevarse el título. Me gustaría hacer mención al gesto que tuvo Pep en la ceremonia de trofeos. Desde hace años hay una corriente o una moda por la cual el equipo subcampeón se desprende de su medalla en el momento que se le coloca en el altillo. Un gesto en el que se menosprecia esa especie de obsequio o premio de consolación. Evidentemente nadie quiere ser segundo y este gesto puede venir producido por la rabia de la derrota. Tampoco hace falta besar la medalla como hizo Guardiola ni mucho menos morderla al más puro estilo de Rafael Nadal. Pero al menos hay que tener el respeto de no desprenderte de ella cuando todas las cámaras te están apuntando. Muchos niños ven esas imágenes y seguro que sueñan con estar ahí en un futuro. Los más pequeños suelen a imitar a sus ídolos y no sería de extrañar que en las competiciones del deporte base se repitan esos actos que nada tienen que ver con el espíritu deportivo.

Como lección de esta final, se puede sacar que los mejores también pierden. Perdió Simeone, Guardiola, Mourinho, Klopp, Ferguson, Helenio Herrera y también Arrigo Sachi. Puede que el mejor momento como entrenador ya pasó para el catalán. De ahí que su techo sea tan alto y cada vez que no lo toca se le tilde de fracasado. Su polémica personalidad no ayuda a caer bien. Tampoco que desde la prensa se le etiquetara como el nuevo revolucionario del fútbol español. La final la perdió él solo por querer arriesgar a jugar sin mediocentro puro. En realidad, eso es lo que caracteriza a Pep, jugar a innovar. Prefiere perder antes que no ser fiel a sí mismo.

Un comentario

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